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¿Del tirano? del tirano di todo,¡di más!;y clava con furia de mano esclava sobre su oprobio al tirano.¿Del error? Pues del error di el antro,di las veredas oscuras:di cuanto puedas del tirano y del error. José Martí
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Por Luis Cino.
El era hombre, el era hombre
Pero tenía un corazón de mujer.
Estaba preso dentro de su propio cuerpo
Sin poder escapar del dolor
El era libre, él era libre
Pero soñaba con dejar la prisión.
Carlos Varela
En el Parque de El Curita cada noche cambian la tramoya y se monta un nuevo set. Vendedores, borrachos, policías y los que esperan pacientemente por el ómnibus son sustituídos por seres de utilería de insinuantes voces y extraño caminar, que duermen de día para no arrugarse y mantener lozana la piel. El reinado de los travestis se extenderá hasta que, acabando la madrugada, vuelvan a cambiar el set.
A sólo varias decenas de metros del casco histórico de la ciudad, el parque forma parte de la geografía habanera no apta para visitantes extranjeros. Allí, avanzada la noche, tropezarán con una de las caras ocultas de la sociedad cubana de hoy que, proverbialmente machista, como la Revolución que la diseñó -la misma de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), el parametraje y las cacerías de locas- no consigue explicarse la proliferación gay, estridente y desafiante.
Para Sandra la de Fuego (Jorge, 27 años, Centro Habana), las madrugadas del parque, además de servirle para lucir sus trapos y hacer vida social gay, le resultan el País de Jauja para calmar sus apetencias sexuales. Prefiere los guaposos, negros y mulatos,”machos y bien dotados”, que no le faltan, porque, según él, “todos los ambientosos son entendidos, más si han estado presos. Algunos dicen que no lo son, pero si no les alcanza el dinero para Monte y Cienfuegos o no ligan una puta allá, terminan aquí con nosotras, es más barato y a veces mejor”. Pero no son pocas las veces que los travestis son agredidos por heterosexuales confundidos y defraudados o por clientes que no quieren pagar.
Yuri, de 20 años, nunca va al Parque de El Curita porque dice que allí se reúne lo peor de los travestis. Además, no lo necesita: tiene su pareja estable, un destacado fisiculturista. Tiene su tiempo muy ocupado entre la escuela, sus quehaceres domésticos y los cuidados a su cuerpo.
Le encanta ir a discotecas con su compañero. Las conoce todas.
Cuando llegué a su humilde vivienda, en una barriada marginal del municipio Playa, Yuri estaba lavando y me pidió que lo esperara unos minutos para arreglarse un poco. Pero eso sí, me exigió que lo fotografiara como condición para concederme la entrevista.
Sueña con ser modelo profesional. Su ideal de mujer es Madonna. Se llamaba Abelardo hasta el día que acudió al registro civíl para cambiarse el nombre por otro más sugerente: Indiana Lee. No se lo aceptaron por ser demasiado femenino.Tuvo que conformarse con el de Yuri, no por Gagarin, sino por la cantante pop mexicana. De todas formas muchos le llaman Lee, incluso en casa.
Desde niño quiso ser hembra. Lo demostraba de todos los modos posibles. De nada valían los castigos y regaños de sus padres. Se sentía prisionero en su cuerpo de varón. Dicen en el barrio que lo violaron a los 9 años. Comenzó a inyectarse hormonas a los 16.
Hoy, convertido en una muchacha, excepto para los que saben que no lo es, se siente plenamente realizado y la vida le es más fácil. No se quiere operar, pues teme a posibles trastornos y no está seguro de que no se arrepentirá en el futuro.
De cualquier forma, lo difícil de una operación para cambiarse el sexo en Cuba, desestimula al más decidido y desesperado de los aspirantes a fémina. La operación tiene que ser aprobada por una comisión de endocrinólogos y sicólogos y bendecida después nada menos que por el Consejo de Estado.
Hasta fines de la pasada década, se habían realizado 5 intervenciones y se analizaban 18 casos.
“Sé que no soy una mujer. Aunque he bajado de peso, tengo buen cuerpo y una voz bonita”. Su máxima aspiración es poder viajar al exterior.
“¿Te imaginas como luciría yo afuera, con bastantes productos de belleza y una buena alimentación? Sería una top model.”
“¿Mi futuro aquí? Ser una Lee cualquiera en el Vedado”, afirma con un tono amargo en la voz.
Maquillaje a lo cubano
Debido a la escasez y los costos de los artículos de tocador, los cuidados de belleza constituyen un problema para la mayoría de las mujeres cubanas.
Los travestidos de la Mayor de Las Antillas han suplido esto con ingeniosidad e inventiva. Si al maquillarse sólo tienen polvo oscuro, lo mezclan con harina de Castilla para lograr tonos más claros, sustituyen el colorete por tempera y el delineador por un lápiz de colorear mojado en saliva. Los resultados usted los puede apreciar cualquier noche en la esquina de 23 y L, en el Vedado, si, siguiendo los consejos de Yuri , no se decide a visitar el Parque de El Curita.
“Soy la pícara ingenua sin picardía”
Más allá de las fantasías eróticas de mis entrevistados con forzudos, velludos, adolescentes, tipos maduros, rudos o tiernos, blancos o negros, la gran ilusión de todos es cantar. Cantar como una mujer.
Los ídolos de las locas de carroza del Coppelia de los 70, Rosita Fornés y Farah María, han sido sustituídas en el favor gay por Madonna, Whitney Houston, Jennifer López o Cher. Pero Sara Montiel sigue teniendo su público.
Salvador (Sara) es un santiaguero cuarentón que vive en La Habana hace 24 años. Vino huyendo del provincianismo y la homofobia de su ciudad natal. No puede decir cuantas veces vió en su infancia en los cines Varietés, Carmen la de Ronda y El Ultimo Cuplé. Canta más de 100 canciones de la intérprete española, que desde hace años aprendió de memoria. De niño, solo en casa, se disfrazaba de mujer y cantaba ante el espejo. Tres amigos fueron el público de su primer show en Santiago, por supuesto encarnaba a la Montiel. Desde entonces, él también es Sara.
Pese a detenciones y multas por escándalo público, Salvador y Sofi (Julio, su amigo de los años santiagueros) actuaron durante años en la capital en shows clandestinos ante un público mayormente gay, casi siempre en casas alquiladas en playas. En 1984 en Brisas del Mar, pasó uno de los mayores aprietos de su vida cuando la policía irrumpió en una casa donde se celebraba uno de estos espectáculos. Con tacones y falda larga, corrió durante horas entre mangles y matorrales para evitar ir preso.
“Gunila no sólo canta, sino que da una cintura que usted no tiene idea”
Eso decía Gunila von Bismarck en 1993 en el monólogo Gunila, escrito por Miguel Angel Fraga. Salvador-Sara, junto a Samanta de Mónaco y Paloma Dietrich, fue uno de los invitados a actuar en la gala por el primer aniversario de la muerte del creador de Gunila, Guillermo Ginestá, un enfermero de Arroyo Naranjo, de extraordinario talento histriónico, muerto de SIDA en febrero de 1994, en el sanatorio de Santiago de las Vegas. El homenaje se produjo en el capitalino teatro América el 28 de febrero de 1995. Un jurado integrado por los escritores Miguel Barnet y Senel Paz (el guionista de Fresa y Chocolate y autor del relato en que se basaba el filme) y la cantante Soledad Delgado, eligió una Miss Gunila entre 9 travestis concursantes.
Ginestá con Gunila, la vía de escape de un medio hostil de un seropositivo “internado”, no sólo alcanzó un nivel profesional sino que rescató el transformismo, una tradición del teatro vernáculo cubano, que había sido proscrita por el régimen revolucionario en 1961, cuando prohibió a Musmé, el más famoso de los travestis del período republicano. 34 años después reaparecían los transformistas en teatros y cabarets.
El destape gay de los 90
La película Fresa y Chocolate sacudió la sociedad cubana y aparentemente amplió los márgenes de tolerancia hacia el homosexualismo, pero no fue causa sino consecuencia. El destape gay de inicios de los 90 estaba en marcha. Las muñecas proscritas de la Revolución Cubana comenzaban a salir del closet con revuelo de tules y taconeos.
Hacia 1993 las compañías Todos Estrellas, Trasvisión y otras, agrupaban a más de 100 travestis y se presentaban en cabarets de Batabanó, Arroyo Naranjo y Bejucal (el Patio de Noy y la Musicanga).
En 1992, con un homenaje a Freddy Mercury se desató la era del travestismo en El Mejunje, un local de Santa Clara de público mayoritario homosexual.
Concursos en varias provincias culminaron con la selección de Miss Travesti Cuba 1994, con la solidaridad de Rosita Fornés y el velado apoyo de algunos intelectuales de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Mientras el país se dolarizaba y seguía soportando los embates del Período Especial, algunos se preguntaban desconcertados si la apertura del socialismo cubano no traería aparejada una revolución transexual. No hubo ni lo uno ni lo otro. Las riendas seguían en las manos de los mismos que en la homofóbica Cuba de los 60 habían sentenciado que “ni el socialismo ni el arte entran por el culo”.
El transformismo de inicios de los 90 no pasó de eso, un intento. Hoy por las calles habaneras transitan travestis sin micrófonos, ni ovación ni pasarelas. Sólo curiosidad, risas y algún grito de: ¡Maricón!
Sus principales preocupaciones no son precisamente artísticas, sino buscarse la vida,
saciarse de sexo y hallar un extranjero que los saque del país, carta de invitación mediante.
Miriam, una despampanante rubia de 27 años que se negó a revelarme su nombre real, hace años mero- deaba en busca de clientes por el monumento al Presidente José Miguel Gómez. Después que repararon la estatua al Tiburón que se bañaba pero
salpicaba, y luego de varias multas por exhibicionismo, se mudó al Parque de El Curita y no le va mal. Según él: “Soy un putón regio y buena hoja, aunque me dé gusto, hay que pagarme. Y me fajo”.
Salvador y Matraca son casi de la misma edad. Los dos están locos. Uno por ser mujer, el otro porque el alcohol le destruyó el cerebro.
A veces, se tropiezan por el Vedado o Marianao, uno canturrea un cuplé, el otro cada vez que lo ve, repite su cantilena: “Chicharritas, chicharrones, mariquitas, papitas fritas”... Las dos melodías se funden en el aire de la noche.
Fara Armenteros
Para los cubanos, principalmente los jóvenes, buscar un sitio donde tener sus relaciones sexuales se ha convertido en una especie de dolor de cabeza sin calmantes para aliviarlo.
Los graves problemas habitacionales existentes en la Cuba de este tiempo son la causa de que ellos no dispongan de suficiente privacidad en los lugares donde viven. En cuanto a las instalaciones que ofrecen servicio de albergue temporal, llamadas popularmente "posadas", tienden a desaparecer.
Años atrás, en la capital del país existían alrededor de cien posadas, moteles o "albergues INIT" como también se les llamó. Actualmente, en la guía telefónica de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA) sólo aparecen registradas 26 instalaciones de ese tipo, de las cuales se ha podido comprobar que han sido clausuradas cinco, el estado físico de las que aún funcionan ofrecen una mala imagen y el servicio de las mismas es insatisfactorio.
Es muy probable que este problema no se refleje en el plan económico de ningún organismo estatal o que ni siquiera haya estadísticas sobre el tema, pero la realidad es que afecta a la sociedad cubana.
La tarifa de las posadas es de cinco pesos por tres horas. "Cuando hay cola se le ofrece un fulita (un dólar estadounidense) al posadero que seguramente te da acceso inmediato y te busca un cuarto", revela Michel, uno de los jóvenes encuestados.
Michel añadió: "Se dice que los propios empleados de las posadas aportan los insumos para mantener en servicio a esos centros".
Con la aparición de algunas pequeñas empresas por cuenta propia también hay personas que habilitaron en sus casas habitaciones para alquilarlas a parejas. Cobran por hora o por noche, según el caso.
El propio Michel manifiesta que esas posadas por cuenta propia son muy eficientes: "La higiene de esos lugares es óptima, algunas habitaciones cuentan con aire acondicionado, tienen refrigerador y hasta televisor y equipo de video (VCR)".
Su costo es de cinco dólares por noche, aunque también alquilan por tres horas.
"Las hay menos caras, que cobran entre 60 y 80 pesos por una estancia de tres horas. Su servicio es igualmente inmejorable y aunque no disponen de aire acondicionado tienen ventiladores. La higiene es impecable", aseguró la fuente.
Una investigación al respecto arrojó que algunos de los dueños de estas viviendas particulares que dan el servicio de alojamiento temporal cuentan con licencia de cuentapropistas, pero otros lo hacen "a cuenta y riesgo".
Al preguntarle a Michel qué hacen las personas que no tienen recursos económicos para acceder a estos lugares o a las instalaciones estatales, su respuesta fue: "Escaleras y pasillos de edificios o los parques -que están oscuros y la gente teme atravesarlos por la noche- es allí donde la gente que carece de recursos encuentra la posibilidad de hacer el amor"
En el invierno del año tres del siglo XXI, en una ciudad cubana, hartas de quedarnos a dormir en habitaciones prestadas por amigos generosos, en hoteles o en nuestras propias casas según dictaran los humores de nuestras madres, decidimos con Clara construirnos una habitación propia. Para mayores concordancias con la tesis de Virginia Woolf: Clara y yo somos escritoras. La pensión anual de pesos es escasa y la posibilidad de construir una habitación con las mismas manos con que nos amamos: difícil y ruda. Somos débiles, frágiles de cuerpo y ánima, no tenemos hermanos varones, tampoco padres, pocos amigos fuertes de ánima y cuerpo, mas lo decidimos y echamos a rodar el sueño. Así, aparecieron en la calle donde levantamos los muros: camiones cargados con bolsas de cemento, piedras, arenas artificiales, láminas de acero... y Clara y yo nos dispusimos a cargarlos, a ponerlos a buen recaudo bajo un techo prestado hasta que llegara el día de la obra.
Tomamos pala y carretilla; pero todo duró un segundo. Como en un filme fantástico, comenzaron a surgir de las esquinas muchachos jóvenes, hermosos, muy forzudos, de barrio, machistas, probablemente promiscuos y maltratadores. Ellos saben quiénes somos y por qué queremos construir una habitación propia. Sin embargo, diáfanos, divertidos, solidarios y deseosos de competir entre sí a ver quién era el más fuerte de todos, cargaron con nuestros materiales constructivos.
El evento tiene por supuesto diversas lecturas. Quedan implícitas la supervivencia de la formación que tiene como base la distribución de roles - compartimentos estancos en los que un hombre jamás deberá permitir que en su presencia las mujeres les desafiemos transgrediendo justamente esa distribución. Está también el viejo instinto competitivo que los acosa y que encuentra en tres o cuatro pilas de materiales para palear una magnífica oportunidad para hacer el pequeño campeonato, probar quién es el más valeroso. Y ese valor está en la agilidad, la fuerza. Y todo remite al areté del héroe. Y el héroe es siempre el mejor de los hombres.
Pero si está en medio de este espectáculo el elemento disonante que constituye una pareja de lesbianas entonces todo lo anterior se desestabiliza. Ellos no tendrían que estar interesados en probarnos nada con relación a su areté, su hombría, su capacidad de seducción a través de la fuerza. Saben de antemano que no tendrán éxito.
Para el imaginario ortodoxo masculino, una pareja de mujeres que ha elegido una variante sexual que los excluye, no sólo está exenta de todo valor como sujeto social sino como actrices de esa realidad en la que supuestamente no existimos porque todo nuestro mundo está tapiado por el silencio. Quedaría, por supuesto, la posibilidad de ser la típica fantasía masculina en la que dos mujeres se aman sólo para que ellos las contemplen y más tarde las ensarten con sus miembros, a las dos, haciéndoles saber que el verdadero gozo de toda hembra será siempre completado en la cópula. No somos inocentes. Probablemente al ayudarnos a trasladar el material, aquellos muchachos pretendían asegurarse la entrada nocturna a la habitación que construiríamos con Clara. Ayudarnos, ayudaba a consolidar sus fantasías.
Quedaría sólo una posible tesis por exponer: la de la ayuda desinteresada y auténtica. Esa que asegura la idea en ciernes de que en la Cuba del siglo XXI, los únicos participantes de la realidad que siguen marginando a las minorías están instaurados en el poder. Y aunque esta sea una mala noticia, ya que el poder genera el 100 por ciento de los discursos visibles, siempre hemos tenido fe en los intersticios, en aquello que se cuela secretamente por las hendijas y que en el caso cubano se convierte en una forma más de contestación a un discurso político que se ha dado sostenidamente a la masculinización de la nación. Dicha masculinización ha sido reforzada con la imagen de un líder en botas y barbudo, de quien se destaca invariablemente el tamaño de sus miembros reproductores para reforzar el valor de sus proezas, siempre positivas, a través de consignas e imágenes simbólicas.
En un país donde los niños en los primeros diez años de edad escolar gritan cada mañana la aspiración de ser como otro gran líder reforzado en sus atributos masculinos, su poder de seducción, su arrojo y su belleza (el Ché Guevara) debemos entender que ha llegado la hora de la sobresaturación de fetiches varoniles y que junto a la crisis del poder, se instaura, con pausa, una crisis de la masculinidad que tiene por supuesto sus ecos en la comunidad lesbiana cubana.
Para una buena proporción de la población heterosexual masculina, las mujeres que los han excluido de sus preferencias sexuales, ya no son unas enfermas aberradas y obscenas. Esto no es por supuesto un dato cuantificable. Nada en Cuba lo es. Las estadísticas de violencia, homosexualidad, travestismo, transexualidad, discriminación laboral de las mujeres, racismo y otros muchos síntomas desagradables a la sociedad “revolucionaria” han sido firmemente sepultadas. Todos aquellos investigadores cubanos y extranjeros que se han dado a la tarea de examinar estos datos han sufrido la prohibición y la consecuente frustración de sus proyectos. Sin embargo, el simple y localizado gesto del grupo de muchachos colaborando desenfadados con el proyecto de habitación de una pareja de lesbianas en provincia, habla, cuanto menos, del desplazamiento de imaginario que ha sufrido positivamente la heteronormatividad cubana.
Los años 80 y el expediente de peligrosidad
Para quienes se han acercado a la historia de los últimos 25 años en la isla, no es un secreto que en la década del 80, cuando por primera vez el socialismo daba supuestamente su primer respiro a favor de la economía nacional, paradójicamente, aparecían los primeros signos de desilusión y crisis dentro de varios grupos generacionales. Esta paradoja tiene su explicación en que dicho respiro era en gran medida aparencial ya que si la economía crecía no era gracias a un desarrollo interno de las potencialidades industriales del país sino a las fuertes inyecciones de capital insufladas por el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME); integrado por los países de la antigua Europa del Este. Una nueva generación, un nuevo grupo que avanzaba silencioso, de jóvenes que habían sido completamente formados en la “ideología revolucionaria”, asistía incrédulo a esta maquillada mejoría y así mismo contemplaba fascinado el modelo de progreso norteamericano que llegaba secretamente en las fotos de los familiares exiliados en la otra orilla de la isla cubana: la ciudad de Miami y otros enclaves menores de emigrantes tales como: Madrid, México D.F. , New York, Orlando, Lima o San Juan de Puerto Rico.
El poder advirtió esta posición doble de incredulidad y fascinación y como es costumbre arreció la habitual política de mano dura y se inauguraron así los llamados y temidos “Expedientes de peligrosidad” que se abrían en las oficinas policiales de todo el país a aquellos jóvenes de cualquiera de los dos sexos que cometieran delitos tales como: vestirse con camisetas que ostentasen letreros escritos en lenguas extranjeras a excepción de las de origen eslavo (la inglesa era lógicamente la más demonizada); reunirse asiduamente en calles y plazas públicas con otros grupos de jóvenes de dudosa conducta política; no estudiar o trabajar en las instituciones y organismos del estado; parecer o ser homosexual; tener relaciones muy estrechas con tales sectores sospechosos; ejercer enmascarada o abiertamente la prostitución o practicar abiertamente alguna ideología religiosa… en definitiva: ser sospechoso.
La policía para iniciar estos procesos de aperturas de expedientes se auxiliaba de dos cuerpos indispensables: los CDR (comités de defensa de la Revolución), estructurados en todas las calles y barrios del país y compuestos por los propios vecinos y dirigidos por los líderes de cada cuadra y en segundo lugar de la policía secreta o G-2; cuyos agentes muchas veces salían de estos grupos supuestamente marginales.
Daysi Gómez es una lesbiana que nació en el año 1966. A los doce años había descubierto su identidad sexual y comenzó a proyectarla. No sin poco temor ni poca angustia. A los 16, harta de las burlas de sus compañeras de estudio por su físico andrógino y su perenne silencio, decidió abandonar la escuela y se metió en su casa a intentar sobrevivir con pequeños negocios de estraperlo y las mínimas ayudas familiares. Cuando cumplió los 18 necesitaba un amor de verdad. Se había vuelto a hartar, pero esta vez de estar encerrada como una enferma entre las paredes de su habitación, también de las miradas inquisidoras de las vecinas y sobre todo de la insistencia de su madre para que encontrara un marido o se fuera a trabajar. Daysi decidió salir todas las noches a la plaza principal de la ciudad, cuando estaba todo muy oscuro. Así conoció a Ana, una mujer de 35 años que saltaba la ventana de su habitación cuando el marido se ponía a roncar y se iba con su joven amante mujer a la orilla de uno de los ríos que pasa al centro de la pequeña urbe a desfogar su pasión secreta. Daysi pudo amar a Ana no más de tres meses, al cuarto estaba en la cárcel y también su amante, acusadas las dos de ser: “mujeres peligrosas al bienestar ciudadano, la decencia cívica y los valores del hombre nuevo de la Revolución”. Las penas para estas mujeres fueron de diez años de privación de libertad y su delito: encontrarse y besarse en la madrugada a la orilla del río.
Los 70: La UMAP, la parametración o cásate para olvidarlo.
Cuando los escritores Heberto Padilla, Lina de Feria, Antón Arrufat y otros muchos que entraron por fuerza al ruedo, fueron acusados de escribir obras que no respondieran a los intereses e ideologías de la Revolución, comenzaron a volar en el país antillano muchas brujas que ya nada tenían que ver con las posturas políticas o las ideas sino con la vida íntima de los que debían ser por definición los actores, siempre consentidores, del proyecto nuevo que la sociedad construía: los intelectuales y artistas.
En un tristemente célebre discurso que pronunciara el comandante en jefe en el año (1962) quedaron reducidas a una las posiciones que un pensador o simple ciudadano cubano debía asumir. La orden era clara: “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. Estos singulares dentro y fuera estaban justamente marcando las fronteras de lo imaginado y consecuentemente dictado por ese poder.
De tal orden derivó una acuciosa y detenida cacería de homosexuales: intelectuales y no. Y para que dicha cacería fuera efectiva fueron creadas en primer lugar las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) y en segundo los procesos de parametración. Ambos tenían como propósito común el sacar a los intelectuales y artistas de sus puestos de trabajo (de ordinario en instituciones culturales) para llevarlos a campamentos o fábricas a trabajar en oficios que iban desde la agricultura hasta la albañilería.
Pero había por supuesto una posibilidad de escapar al castigo: la mentira. Onélida Rodríguez estudiaba en el año 1973 la carrera de Letras en la Universidad de La Habana. Estaba enamorada y compartía ese amor con una compañera de estudios. Tras un año de mantener una intensa pasión, medianamente visible, ambas fueron llamadas a contar por el decano de la facultad en la que estudiaban. Este les pidió, amable y completamente avergonzado, que solicitaran la baja docente de la institución. Esa era la mejor variante para las dos. De lo contrario él, se vería obligado a llenar sus expedientes, declararlas lesbianas y pasarlas a las filas de la UMAP o parametrarlas a alguna fábrica de provincias. Ellas eran estudiantes de alto rendimiento académico y él no les deseaba tal ostracismo; mejor que se fueran a casa, a esperar que pasaran los malos tiempos y después matricularan otra carrera; tal vez en otra ciudad, donde nadie las conociera. Tal vez casarse, aunque fuera con amigos, bajo acuerdo mutuo... que hicieran algo; pero que se marcharan de allí, en breve.
Onélida se fue a la ciudad de Matanzas y conoció a Juan, un muchacho gay al que habían separado del coro de cámara del Ministerio de Cultura por su proyección desenfadada como hombre que amaba a otros. Acordaron que se casarían y lo hicieron. Tuvieron una hija y han pasado los últimos 30 años de su vida escribiendo espantosos programas musicales para la radio. Han tenido un sinfín de relaciones homoeróticas, pero siempre en la madrugada, donde se supone que nadie los ha visto o en la casa que fundaron bajo pretexto de colaboración laboral con esos amigos y amigas con quienes han convivido durante cierto tiempo para que “el proyecto que tenían en marcha diera sus mejores frutos”.
Un flash back muy elocuente
En la década de 1920, la destacada periodista feminista Mariblanca Sabás Alomá, intentaba establecer todas las distancias posibles entre mujeres feministas y lesbianas. Para ello, aseguraba públicamente que el lesbianismo o garzonismo era "un asqueroso gusano que está corroyendo hasta las entrañas a toda una generación de mujeres". De esta manera, quien fuera una de las pioneras del movimiento de mujeres sufragistas (devenidas feministas) en la Cuba republicana, fue pionera también de una de las más viejas e irresolutas discusiones del feminismo tradicional: la exclusión de las lesbianas del cuerpo del feminismo más ortodoxo y militante. Con dicha escisión y consiguiente exclusión dentro de los debates feministas de todos los tiempos inauguraba el sostenido silencio que en la isla han sufrido las mujeres lesbianas que no han entrado en ningún caso a los proyectos emancipatorios y reivindicativos que han tenido lugar tanto en la Cuba pre como en la post revolucionaria.
La organización que se ha ocupado desde 1959 de los problemas que afectan a las mujeres todas (Federación de Mujeres Cubanas) no ha puesto en acción durante los últimos 45 años ningún proyecto que contemple o evalúe los derechos, ansiedades de visibilidad y representación de las mujeres lesbianas. Claro está que quedaría al gobierno de la Revolución la atenuante que aplica también para negros, mulatos, mujeres heterosexuales, hombres homosexuales, travestis, transexuales o campesinos. Y esta no es otra que la máxima democratizante que plantea la igualdad de deberes y derechos para todos los sujetos habitantes de la nación con independencia de sus condicionantes de raza, clase o sexo. Bajo esta tábula rasa para igualar a los sujetos, han quedado sepultados todos los intereses disonantes a la propuesta del “hombre nuevo” que La Revolución definió muy temprano, el cual lógicamente empatiza con el sujeto occidental moderno: hombre, blanco, heterosexual, que ha estado entronizado al centro de las imágenes, a pesar de los muchos forcejeos verbales con que se ha pretendido, desde la dirección del país, desplazarlo.
Así mismo la FMC ha dialogado con un arquetipo de mujer cubana “la obrera socialista y federada”: madre, esposa y también trabajadora. A ella se le ha cantado y para ella se ha diseñado toda una iconografía en la que suele aparecer con un niño en la mano y en la otra un fusil o un instrumento de trabajo. Se le ve en las fábricas o ejerciendo como médica internacionalista en cualquier pueblo hermano. Estoica y feliz.
En la última década, han cambiado paralelamente y de manera violenta la realidad del país y con ella una buena parte de su imaginario tradicional. De esta suerte han surgido nuevos tipos de mujer, atendidas directamente y con valor prioritario por la mencionada organización (FMC). Estas mujeres no son otras que las prostitutas (también silenciadas hasta su irrupción explosiva en las zonas de tolerancia pensadas para turistas). Las mujeres que ejercen la prostitución han aparecido en seriales televisivos como personajes siempre negativos, pero así mismo humanizados en sus conflictos. Mujeres cercanas que a pesar de ser representadas bajo la moralina que enseña qué no se puede hacer, están ahí, en la pantalla, como imagen y posibilidad. Mientras, las lesbianas (también crecidas en número en el último período) hemos seguido siendo el capítulo pendiente de la federación que en principio debería incluirnos, puesto que mujeres y cubanas somos.
Ver para creer
Para seguir con el tema de la visibilidad hay un par de ejemplos muy ilustrativos y que también remiten a los medios de difusión masiva, en particular la televisión. En el año 1998 la televisión cubana produjo una telenovela titulada La otra cara de la moneda (TVC 1998). En ella aparecían conflictos que hasta el momento habían permanecido invisibles en los medios cubanos. Hablo de alcoholismo, prostitución, violencia doméstica, homicidio, uso de drogas entre los sectores juveniles y finalmente una historia de amor entre mujeres. Sorpresiva fue la aparición de la mencionada subtrama. Tan sorpresiva como breve. La pequeña historia de amor tuvo una duración de tres capítulos. En el primero las muchachas se conocieron y enamoraron. En el segundo, una de ellas abandonó a su esposo (un sujeto maltratador y alcohólico) y le expuso el amor que sentía por su nueva amiga y en el tercero una de ellas muere en un accidente de trenes.
Luego de un vacío de cinco años en los que ningún otro director o directora de televisión o cine se animara a matar amantes lesbianas, apareció una nueva historia de amor en una telenovela titulada El balcón de los helechos (TVC 2004); esta vez no murió nadie. Convivían juntas, eran felices, estaban asumiendo la crianza de un niño pequeño, funcionaban como una familia cualquiera sólo que su condición de pareja sexual hubo de adivinarla el televidente avispado. En ninguno de los cincuenta capítulos en que transcurrió la serie hicieron alusión los personajes a su condición o funcionamiento como pareja. No hubo roce o detalle visible que las representara como tal. Ellas convivían y no tenían una relación consanguínea. Se ocupaban con idéntica fruición de la educación del niño y le prestaban igual número de caricias y mimos. A través de la figura del pequeño resolvió el angustiado guionista todas las posibilidades de legitimar la relación de las muchachas. Las elipsis verbales y gestuales a las que hubo de someter su texto sólo pudieron cristalizar en la afectividad que mostraban al hijo.
Una puerta, una pequeña puerta
Hace un año que ha sido creada bajo el auspicio del Centro Nacional de Estudios de la Sexualidad (CENESEX) la Sociedad Cubana Multidisciplinaria de Estudios para la Diversidad Sexual (SOCUMED). Cuyos objetivos, entre otros muchos, giran en torno a la eliminación de una serie de enunciados ambiguos con ciertas aristas homofóbicas, vigentes en el código penal cubano. Así mismo, ha prestado diversos espacios en su sede y fuera de ella para la exposición y proyección de obras de arte, documentales, conciertos y obras de teatro que abordan directamente la temática homosexual en general y la lesbiana en particular. La noticia resulta alentadora, más por la esperanza que para proyectos a largo plazo trae consigo, que por lo realizado hasta el día de hoy.
Esa distancia incuestionable y muchas veces insalvable que suele haber entre teoría y realidad, en Cuba ha sufrido una inversión que hace que la creación de SOCUMED dentro del CENESEX sean la teoría y el apoyo oficial que llegan con retardo. Por una vez han llegado primero los signos de la realidad, del cotidiano, que hacen visibles el desplazamiento del imaginario heteronormativo; tal y como ilustré al inicio con el episodio de los muchachos colaborando en la realización de nuestra habitación y las de otras muchas parejas que resuelven, cada vez con mayor soltura, convivir.
Nuestra habitación es en sí misma a la par que simbólica, también sintomática de un cambio en la medida en que Clara y yo respondemos a ciertas condicionantes opresivas de clase y también a la formación de una adolescente por quien nos sentimos profundamente responsables. Hemos de admitir que veinte o treinta años atrás, probablemente ninguna de las dos hubiera arriesgado ni nuestros puestos de trabajo, ni la “sana” pertenencia de la niña a los círculos no marginales donde quedan situados los hijos de padres y madres heterosexuales.
Hacernos visible a través de un espacio tan altamente significativo como el de una habitación en la que convivir en un país donde es casi imposible no compartir la intimidad con familiares, vecinos y compañeros de trabajo porque las clásicas fronteras entre espacio privado y espacio público han sido fuertemente dinamitadas es un evento que habla en sí mismo de las relajaciones que la represión tanto oficial como popular han sufrido en la isla.
Lógicamente, no se ha comenzado a hablar en ninguna instancia de poder de derechos para parejas de mujeres u hombres homosexuales. El matrimonio, la adopción, el reconocimiento como parejas de hecho, la pensión o algunos de los reconocimientos elementales para las familias heterosexuales son otro capítulo pendiente del código penal cubano. No hay ningún indicador que verifique la existencia de un movimiento social y la comunidad homosexual cubana se mantiene, como en el resto del mundo, encerrada en sí misma. Lo anterior se hace especialmente visible en las fiestas populares donde gays y lesbianas suelen irse a sitios muy localizados, siempre semiapartados del resto de los participantes.
Hay un club nocturno en una ciudad del centro de la isla (Santa Clara) que desde finales de los 80 ha desafiado toda instancia de poder y todos los boicots con que han intentado desaparecerlo y de manera oficial ha presentado shows de travestis: Los gays y lesbianas de todo el país han visitado ese club llamado “El mejunje” y sólo allí han expuesto su amor de manera desenfada y legítima. En el resto del país, se realizan fiestas secretas e ilegales en casas de personas que cobran la entrada a los homosexuales que se deciden asistir y allí bailan, se abrazan, besan o al decir de Lorca: dibujan un plano de su deseo para vivir en él.
Todavía cociendo habas
Como se puede comprobar en este brevísima y fragmentada panorámica, la sociedad cubana es en general otro espacio en el que se han cocido y continúan cociéndose las habas. Todas las habas. Pero estas de las que hablamos ahora, nuestras habas, se han cocido lenta y retorcidamente. Y siempre han dependido del cocinero. De cuando ha decidido racionarlas, de cuando las ha escondido porque apestaban, de cuando se ha hecho el desentendido y ha dejado servida la mesa según la gula de cada quien. El cocinero ha sido siempre el encargado de la regulación y el consumo de las habas; pero lo que no ha hecho en ningún caso es poner la carta en la acera. Los comensales han tenido siempre la tarea de adivinar cuáles son los platos pasando dentro, arriesgando.
De momento, lo único que no ha podido manejar quien cuece las habas son los olores que cruzan las ventanas de su cerrada cocina. Los olores, todos, han sido los encargados de que después de tantos años de resistencia, tanta, y de lesbianas presas de quien nadie ha dado cuenta todavía y de las suicidas que es como si nunca hubieran existido y de las familias separadas por la vergüenza y el resentimiento; los olores han conseguido que los muchachos del barrio, ahora mismo se asomen a nuestra obra, pregunten cuándo estaremos viviendo en la habitación propia y nuestra hija sueñe hacer allí una fiesta con sus amigos.
Si parezco esperanzada, es porque lo estoy.
Por Sara Más
Con una fuerte cultura patriarcal, que ha calado en mujeres y hombres, Cuba ha sido por tradición un país difícil para cualquier homosexual sin importar si son gays o lesbianas, pero las mujeres definitivamente, son las peor vistas y tratadas.
Así lo demuestra un sondeo de opinión realizado en varias ciudades de la isla caribeña, fundamentalmente la capital.
Según la investigación, pareciera existir una valoración más objetiva de la homosexualidad si se compara con la situación hace 10 años, aunque todavía es alto el rechazo de la sociedad hacia los gays y, sobre todo, hacia las lesbianas.
“No son muy aceptadas, no es lo común, se ven grotescas. En las mujeres todo debe ser delicado y las lesbianas casi siempre tienen tendencias masculinas”, dijo un joven de 30 años.
A juzgar por las respuestas, la percepción social de la homosexualidad sigue condicionada a las mismas influencias patriarcales y homofóbicas que predominan en la formación de costumbres y la vida familiar en la isla, como sucede también en otros países de América Latina.
ACEPTACIÓN DE LEJITOS
“Yo no tengo nada en contra de los homosexuales, pero tampoco quiero ninguno en mi casa”, dijo tajante Magda Benítez, una mujer de 44 años y madre de dos hijas.
Aunque se define como “de avanzada para la media de este país” y con amigos y amigas de “todos los tipos, edades y colores”, ella tampoco puede sustraerse de una conducta común a muchas personas en la isla caribeña: los prejuicios y el rechazo hacia la homosexualidad.
La tendencia a ver esta variante sexual como un defecto, estuvo presente en casi todas las valoraciones de las 300 personas consultadas, de las cuales poco más de la mitad eran mujeres. De ellas, el 32 por ciento señala que el trato y amistad con las lesbianas debe ser “a distancia”.
“A veces es mejor ni mezclarse mucho, porque el cubano tiene la mente muy rápida. Si te ven dos o tres veces visitando una casa donde haya una lesbiana, enseguida te enganchan el cartelito”, aseguró una mujer de 36 años.
Si bien más de la mitad de las personas consultadas dijeron que tratarían a los homosexuales de forma normal, casi todas y sobre todo las mujeres, manifestaron su rechazo a las homosexuales mujeres, a quienes llegan a tildar de “repulsivas”, “intolerables”, “cochinas” y “repugnantes”.
Todo parece indicar, además, que las lesbianas continúan siendo la parte más oculta y marginada de la población homosexual, estimada entre el cuatro y el seis por ciento de los 11,2 millones de habitantes de la isla, según cálculos considerados conservadores.
Para ellas, la vida sigue transcurriendo muy calladamente, entre ambientes privados, en un país donde no hay leyes que sancionen la homosexualidad, ni legislaciones que la aprueben, reconozcan sus uniones o derechos de cualquier índole.
Tampoco existen espacios reconocidos de reunión ni organizaciones donde se agrupen, al estilo de las agrupaciones de lesbianas que proliferan por todo el mundo.
VALOR PARA SALIR DEL CLOSET
“Que yo sepa, no existen esos lugares públicos, marcados y conocidos. Y cuando algunas van a los sitios de los gays, que sí son más populares, siempre están en franca desventaja numérica”, comentó una psicóloga de 23 años, homosexual, quien pidió reserva de su identidad.
Especialistas atribuyen este comportamiento a un posible mimetismo de los roles tradicionales y del papel hogareño tomado de las relaciones heterosexuales. También hay quienes lo asocian a una mayor inhibición o miedo al rechazo, en una sociedad que suele ser más severa a la hora de juzgar moralmente a las mujeres y más aún a las lesbianas.
Aunque pareciera haber menos prejuicios y cierta apertura respecto a nueve años atrás, el sondeo arrojó que todavía el 22 por ciento de las personas consultadas sigue considerando la homosexualidad como una enfermedad, mientras el 55 cataloga a gays y lesbianas como “personas con problemas”.
Sin embargo, la percepción y reacción ante las preguntas pareciera tomar diferentes matices cuando se aborda el problema desde una perspectiva más cercana y personal.
A Maria Luisa Ortega, de 44 años, casada y con una hija, se le estremece el corazón de solo imaginarla de pareja con otra mujer. “Nunca la abandonaría, ella es todo en mi vida y por eso trataría de comprenderla y darle mi apoyo”, asegura.
Los criterios parecen no haber variado mucho, desde inicios de la década de los años 90 del pasado siglo a la fecha, respecto a la existencia o descubrimiento en casa de un hijo o hija homosexual. El 84 por ciento de la muestra total confesó que, pese a representar esto un gran disgusto, no rechazarían a su descendencia, pero irían de inmediato en busca de ayuda médica para intentar revertir el proceso.
Las manifestaciones más radicales y severas se encontraron en el interior del país, con expresiones que van del desengaño, la frustración y la incomprensión, a los actos violentos: desde “me produciría un shock”, “sería una gran decepción”, “no sé lo que haría”, hasta “lo mato” o “lo boto de la casa”.
¿QUÉ ES LO CORRECTO?
Aunque los tiempos actuales parecen traer más tolerancia y el discurso institucional reconoce sus legítimos derechos, no es menos cierto también que la vida de gays y lesbianas transcurre generalmente fuera de lo admitido socialmente como correcto.
Para algunos, una prueba de que se viven nuevos tiempos es la aceptación de personas homosexuales en cualquier carrera universitaria. “Se les mide igual que a cualquiera y no por si le gusta alguien de su mismo sexo”, dijo una estudiante de contabilidad de la Universidad de La Habana.
Claro, “a veces les cuesta más, tienen que esforzarse más que otros estudiantes, porque aunque no haya un reglamento que los rechace, los profesores y también los estudiantes tenemos prejuicios, como mucha gente en este país”, reconoció la joven.
Pero la discriminación sigue existiendo bajo el manto de una fuerte tradición machista y homofóbica, mucho más difícil de variar por decreto o voluntad de las autoridades. El rechazo abierto o solapado, la incomprensión, desaprobación, las burlas o el desprecio, son algunas de sus expresiones cotidianas.
Como resultado, la simulación, el ocultamiento y el sufrimiento, signan la vida de no pocas personas homosexuales.
A la hora de caracterizarlos, la mayoría de las personas encuestadas describe a los gays como delicados, finos, indiscretos, chismosos, exagerados en las relaciones sociales, con desmedidos rasgos femeninos y a veces excedidos en los límites y la confianza.
A las lesbianas, las encuentran rudas, toscas en sus gestos, poco femeninas, descuidadas en su apariencia personal y su figura, más introvertidas y reservadas, aunque aclaran que “a unas se les nota y a otras no”.
Por la encuesta se infiere también que las generaciones más jóvenes son más abiertos, comprensivos, ponen como condición el respeto mutuo y ven la homosexualidad como algo normal, de decisión personal, en la que influyen varios factores.
No obstante, sigue siendo alto el grupo que señala la persistencia del rechazo social, frente al 24 por ciento admite que en los últimos tiempos se nota un trato que “tiende a lo normal.”
NO ESTAMOS LISTOS PARA ESO
Para el 78 por ciento, el tratamiento de autoridades e instituciones es ahora el adecuado. Lo significativo es que hace nueve años, solo opinaba así el 43 por ciento.
“Todavía los prejuicios que tenemos no permiten ver a los homosexuales como a los demás. Menos a las lesbianas. La sociedad cubana no está preparada para eso”, dijo una entrevistada de 42 años.
Más de la mitad de la muestra actual considera que los tratarían como personas normales, pero con ciertas diferencias: menos a lesbianas que a gays.
“En mi barrio hay dos mujeres que siempre están metidas en broncas y escándalos por celos. Todo el mundo se entera y son un mal ejemplo para los niños”, refiere un hombre mayor de 35 años.
Otro entrevistado, mayor de 50, cree que son “personas que sufren mucho por el rechazo que encuentran a cada paso”. Según su experiencia, no son felices, se ven obligadas a ocultar sus sentimientos y terminan marginadas, “aunque sean muy buenas personas”.
“Por suerte los tiempos van cambiando y se observa un poco más de aceptación a la diferencia”, dice. “Pero aún así, es un estigma que demorará muchas décadas en dejar de ser un problema”.
Por Lázaro Rosa.
Alberta, Canadá.
La alarmante deformación que han tenido muchos de nuestros valores ancestrales bajo el comunismo comienza, antes que nada, por la pérdida del afecto entre los propios miembros de las familias.
Al parecer muchos de los hermanos y hermanas que aún no han podido escapar de las desgracias que siguen dándose en nuestro país, sólo esperan, ahora impacientes, las llamadas desde Miami para saber cuánto (de remesas materiales) les van a enviar sus parientes más cercanos, o allegados, asentados en el sur de la Florida.
En estos momentos el interés no es tanto por conocer cómo le va, emocionalmente, a ese familiar miamense devenido en ciudadano estadounidense.
No me cabe la menor duda de que la sociedad cubana actual está casi en su totalidad ausente de muchos sentimientos afectivos. Han sido muy largos los años que hemos visto pasar desde que comenzara el conocido y emblemático adoctrinamiento de esos fieros soldados “revolucionarios” que nunca se han podido dar el lujo de echar una lágrima ni de mostrar blandenguerías emotivas hacia nadie.
Por obra y gracia de los regios Castros, a estas alturas de los tiempos, posiblemente sea Cuba la nación que más padrastros per cápita tenga en el mundo entero; desastroso.
Debo de reconocer que en mi país de nacimiento existen, se podría decir que cada año, dentro de las nuevas generaciones de cubanos, más divorcios que matrimonios.
El contexto familiar que apreciamos en La Habana, la misma que observamos en nuestros días, generalmente se ha tornado vil y dramático.
Y es que entre el envío de miles y miles de padres cubanos a misiones internacionalistas, de las cuales muchos de ellos nunca regresaron, y las cargas de desmoralizaciones de todo tipo que ha vivido la sociedad, unidas a las necesidades de sobrevivencia de unos jóvenes que se aferran ,con celos, hasta al bolsillo mediocre de un viejo y charlatán canadiense; en la isla, la palabra Papá, es un calificativo que está, en la práctica, en peligro de extinción.
Lancemos una mirada barométrica sobre la sociedad cubana en la actualidad para convencernos que, de alguna manera, casi no existe una indefensa criatura en la Cuba de hoy (ya sea un niño o una niña) que no tenga que vérselas a diario con las golpizas, los gritos soberbios o con el frío despecho y el desafecto de sus amargados padrastros.
Desde hace algunas décadas en nuestro país se ha estado asistiendo a un vacío casi total de los más elementales valores espirituales en la generalidad de las personas. Por ende, hemos notado además la profunda decadencia en que se encuentra el papel de las familias, el rol que éstas deben cumplir, por ser las mismas las células básicas que dan el principal sostén a los diferentes grupos culturales y humanos. Esto último hablando en su contexto universal.
Como es de suponerse una nación que se ha visto pisoteada tantos años por los desatinos de un gobierno ilegítimo ha llegado incluso a perder de vista hasta el comportamiento inadecuado de sus hijos, por el elevado grado de deterioro en que se encuentran en su seno las relaciones humanas.
Recordemos que las nuevas formaciones de cubanos (los utópicos hombres nuevos) han sido víctimas del discurso agresivo y violento de un fatal régimen ideológico para el que las ideas “revolucionarias” han tenido mucho más importancia siempre que los individuos en si mismos. De ahí entonces que al abuelo de los malvados, al viejo y moribundo tiranosaurio, le haya importado muy poco, para ser más exacto nada, el hecho de que La Habana de hoy sea la capital mundial de los padrastros y que en nuestra Cuba se haya llegado a perder el concepto original de la familia y su peso e importancia dentro de la sociedad.
Al mismo hombre que aún, arropándose en su enfermiza vejez, le ha dado por continuar con el adsurdo y desnaturalizado lema de convertir a Cuba en polvos antes de contribuir al saneamiento de la convevivencia con su vecino norteño, algo que conllevaría, más que nada, al bien y al reposo de un deteriorado y defraudado pueblo; que le podrá importar la deprimente realidad de los niños cubanos que prácticamente nacen, crecen y se desarrollan sintiendo el duro trauma de no conocer, ni de saber, quienes son, auténticamente; sus padres biológicos.
En realidad este es el nuevo hombre de la Cuba de hoy, el mismo que en su interior ,generalmente, esconde las penas y la visceral confusión de verse alejado del genuino amor y el afecto de un padre.
La sociedad cubana ha involucionado hasta llegar a la cultura deformada del padrastro, otro penoso legado que al parecer heredamos, profundamente, del régimen bicéfalo de los hermanos Castro.
Otra tarea urgentísima, sumamente difícil de reparar, para los gobiernos decentes y legítimos que logren izar en un futuro las banderas de nuestra invocada democracia.